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¿Qué iba a anunciar Juan Pablo II el día de su atentado, hace 35 años?

Atentado Juan Pablo II

Este viernes, día 13, se cumplen 35 años del atentado que sufrió San Juan Pablo IIen la Plaza de San Pedro, cuando saludaba a los fieles y se dirigía a la Audiencia.

Era 1981, no nos enterábamos de las noticias por Internet. La confusión era  enorme, en especial los días siguientes, en los que su vida pendía de un hilo. A los que vivimos aquello, yo era muy jovencito, se nos quedó grabado que el amor al Papa no tenía tanto que ver con la papolatría o la papología como con el cariño, cariño filial, fuerte y sobrenatural.

Pero ese hilo era muy resistente, estaba sujetado por Nuestra Madre, Nuestra Señora de Fátima, como Juan Pablo II reconoció en más de una ocasión. El entonces Cardenal Ratzinger lo confirmaba en la explicación sobre el «Tercer Secreto de Fátima»:

¿No podía el Santo Padre, cuando después del atentado del 13 de mayo de 1981 se hizo llevar el texto de la tercera parte del «secreto», reconocer en él su propio destino?  Había estado muy cerca de las puertas de la muerte y él mismo explicó el haberse salvado, con las siguientes palabras: « …fue una mano materna a guiar la trayectoria de la bala y el Papa agonizante se paró en el umbral de la muerte » (13 de mayo de 1994).

De aquella «Audiencia», que no llegó a celebrarse, sí se guarda el texto del discurso que iba a pronunciar, una bella conmemoración del 90 aniversario de la publicación de la Encíclica «Rerum Novarum» y una alocución con un anuncio importante sobre la familia y la vida. Impresiona la narración «oficial» en L’Osservatore Romano, ed. en español, 17 de mayo de 1981, página 287:

La audiencia general del miércoles 13 de mayo pasa a la historia por el triste episodio del sacrílego atentado contra el Papa, sobre el que referimos en la pág. 1. En realidad la audiencia no llegó a celebrarse. A las 5 de la tarde, la plaza de San Pedro estaba inundada de fieles: de 30 a 40 mil romanos y peregrinos. Entre ellos estaban los siguientes grupos de habla hispana: religiosas del Instituto de Hijas de María; religiosas de las Escuelas Pías, que toman parte en su IV conferencia general; el consejo general y las provinciales de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús; peregrinos de México, Guatemala, Bolivia y Argentina; y la peregrinación de la catedral de Castelló de Ampurias (Gerona), así como un grupo de matrimonios españoles. El Papa entró en la plaza en su “jeep” blanco y pasó, como siempre, junto a las vallas saludando a los presentes. Apenas había terminado de dar la primera vuelta, cuando sucedió el atentado. La inmensa multitud quedó atónita y sumida en la más profunda consternación. La única reacción común fue la plegaria. Los altavoces explicaron lo acaecido y la inmensa asamblea comenzó a rezar… La voz del Vicario de Cristo no llegó a oírse. Juan Pablo II tenía preparados sus discursos. […]

Publicamos estos textos que, aunque no han sido leídos, pasan a formar parte de las “enseñanzas pontificias” con un carácter especial por las circunstancias en que no fueron pronunciados.

El anuncio era nada más y nada menos que la primera decisión tomada a raíz del Sínodo sobre la Familia, la creación del «Pontificio Consejo para la Familia» (en Motu proprio firmado unos días antes) y del «Instituto internacional de Estudios sobre matrimonio y familia», el luego llamado «Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el Matrimonio y la Familia» en la Universidad de la diócesis del Papa, la Lateranense:

Deseo anunciaros ahora que con el fin de responder adecuadamente a las expectativas sobre problemas concernientes a la familia, expresadas por el Episcopado del mundo entero, sobre todo con ocasión del último Sínodo de los Obispos, he considerado oportuno instituir el “Pontificio Consejo para la Familia” que sustituirá al Comité para la Familia que, como es sabido, dependía del Pontificio Consejo para los Laicos.

A este nuevo organismo —que estará presidido por un cardenal coadyuvado por un consejo de presidencia formado por obispos de distintas partes del mundo— corresponderá promover la pastoral de la familia y el apostolado específico en el campo familiar, aplicando las enseñanzas y orientaciones impartidas por las instancias competentes del Magisterio eclesiástico, para que se ayude a las familias cristianas a cumplir la misión educativa, evangelizadora y apostólica a que están llamadas.

Además he decidido fundar en la Pontificia Universidad Lateranense, que es la Universidad de la diócesis del Papa, un ‘’Instituto internacional de Estudios sobre matrimonio y familia” que comenzará su actividad académica el próximo octubre. Dicho instituto se propone prestar a toda la Iglesia la aportación de la reflexión teológica y pastoral sin la que la misión evangelizadora de la Iglesia se vería privada de una ayuda esencial. Será un lugar donde la verdad sobre el matrimonio y la familia se estudien a fondo a la luz de la fe y con la contribución también de las distintas ciencias humanas.

Pido a todos que acompañen con la oración estas dos iniciativas que quieren ser un signo más de la solicitud y estima de la Iglesia hacia la institución matrimonial y familiar, y de la importancia que ésta le atribuye en orden a su propia vida y a la vida de la sociedad.

Los frutos de ambas instituciones son evidentes. Y cualquiera con un mínimo de experiencia en gestión sabe que la estructura responde a las prioridades. No sólo en grandes empresas o ministerios. En cualquier familia al niño enfermo, si hace falta, se le cambia de cama o de cuarto para poder vigilarle de cerca, para poder saber qué fiebre tiene a cualquier hora de la noche o poder suministrarle la medicina que prescribió el médico, aunque no le apetezca o le sepa mal, aunque no sea consciente de que sabe a fresa y es necesaria para que se ponga bueno.

En un hospital, sea de campaña o no, la unidad de cuidados o de vigilancia, está situada de modo que sea sencillo el acceso a todos los especialistas y equipos.

Por eso me da pena que la primera decisión del Sínodo de la Familia del 2015, sin que todavía hubiese concluido, fuese precisamente la dilución en un mega-dicasterio:

crear un nuevo dicasterio con competencia para los Laicos, Familia y Vida, que reemplazará al Consejo Pontificio para los Laicos y el Consejo Pontificio para la Familia, al que estará vinculada la Academia Pontificia para la Vida. Con este fin, he constituido una comisión especial que preparará un texto delineando canónicamente las competencias del nuevo dicasterio. El texto será presentado para su discusión en el Consejo de Cardenales en su próxima reunión en diciembre

Del mismo modo que fue una lástima, que ayuda a explicar acontecimientos posteriores, que nadie del «Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el Matrimonio y la Familia» fuese llamado a la fase extraordinaria del Sínodo, ni por la Secretaría, ni por el Santo Padre.

El papa santo sobrevivió. Su médico, Rodolfo Proetti contaba en 2008:

¿Por qué se salvó del atentado? Si por nosotros los médicos o por otros medios. No lo sabré nunca. Lo que sí sé es que Juan Pablo II recuperó casi perfectamente su forma física. Recuerdo que siempre nos decía a los médicos: Me fío de vuestra competencia y de la Divina Providencia, o sea, que se fiaba, pero con reservas.

El Consejo y el Instituto comenzaron a rodar. En noviembre de 1981 el Papa nos regaló la «Familiaris Consortio»; a los pocos meses, al cumplirse un año del atentado, realizaba un viaje apostólico –y de acción de gracias– a Fátima.

El año pasado el Cardenal Caffarra, a quien Juan Pablo II encargó poner en marcha estas iniciativas desvelaba el contenido de la carta que le envió Sor Lucia y que se encuentra en el archivo del Instituto:

Al inicio de este trabajo –cuenta el Cardenal– escribí a sor Lucía de Fátima, a través del obispo, porque directamente no se podía hacer. Inexplicablemente, aunque no esperaba una respuesta, porque le pedía sólo oraciones, me llegó a los pocos días una larguísima carta autógrafa, que hoy está en los archivos del Instituto.

En esa carta de Sor Lucía está escrito que el enfrentamiento final entre el Señor y el reino de Satanás será sobre la familia y sobre el matrimonio.

No tenga miedo, añadía, porque quien trabaje por la santidad del matrimonio y de la familia será siempre combatido y odiado de todas formas, porque este es el punto decisivo.

Pero el panorama siempre es esperanzador, como Juan Pablo II, lo afrontamos abandonados en la Divina Providencia, al cuidado de los que competentemente tienen que actuar y con las palabras reconfortantes del Cardenal Ratzinger en la explicación del Tercer secreto:

Que una «mano materna» haya desviado la bala mortal muestra sólo una vez más que no existe un destino inmutable, que la fe y la oración son poderosas, que pueden influir en la historia y, que al final, la oración es más fuerte que las balas, la fe más potente que las divisiones.

 

Papa Francisco: «Ignorar el sufrimiento del hombre es ignorar a Dios»

CATEQUESIS SOBRE LA PARÁBOLA DEL BUEN SAMARITANO

La parábola del buen samaritano ha sido el centro de la catequesis del papa Francisco en la última audiencia general de este mes de abril. El Santo Padre ha asegurado que ignorar el sufrimiento del prójimo es ignorar a Dios.

(Radio Vaticano) Texto de la catequesis del papa Francisco:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy reflexionamos sobre la parábola del buen samaritano (Cfr. Lc 10,25-37). Un doctor de la Ley pone a prueba a Jesús con esta pregunta: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?» (v. 25). Jesús le pide dar a él mismo la respuesta, y él lo da perfectamente: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo» (v. 27). Jesús entonces concluye: «obra así y alcanzarás la vida» (v. 28).

Entonces aquel hombre hace otra pregunta, que se hace muy preciosa para nosotros: «¿Y quién es mi prójimo?» (v. 29), y presupone: «¿mis parientes? ¿mis connacionales? ¿Aquellos de mi misma religión?…». En fin, quiere una regla clara que le permita clasificar a los demás en «prójimo» y «no prójimo», en aquellos que pueden convertirse en prójimos y en aquellos que no pueden hacerse prójimos.

Y Jesús responde con una parábola, que pone en escena a un sacerdote, un levita y un samaritano. Los dos primeros son figuras relacionadas con el culto del templo; el tercero es un judío cismático, considerado como un extranjero, pagano e impuro, es decir el samaritano. En el camino de Jerusalén a Jericó el sacerdote y el levita se encuentran con un hombre moribundo, que los ladrones han asaltado, robado y abandonado. La Ley del Señor en situaciones símiles preveía la obligación de socorrerlo, pero ambos pasan de largo sin detenerse. Tenían prisa. El sacerdote, tal vez, ha mirado el reloj y ha dicho: «pero, llegare tarde a la Misa… Debo decir la Misa». Y el otro ha dicho: «pero, no sé si la Ley me lo permite, porque hay sangre ahí y quedare impuro…». Van por otro camino y no se acercan. Y aquí la parábola nos ofrece una primera enseñanza: no es automático que quien frecuenta la casa de Dios y conoce su misericordia sepa amar al prójimo. ¡No es automático! Tú puedes conocer toda la Biblia, tú puedes conocer todas las normas litúrgicas, tú puedes conocer toda la teología, pero del conocer no es automático el amar: el amar tiene otro camino, el amor tiene otro camino. Con inteligencia, pero con algo más… El sacerdote y el levita ven, pero ignoran; miran, pero no proveen. Ni siquiera existe un verdadero culto si ello no se traduce en servicio al prójimo. No lo olvidemos jamás: ante el sufrimiento de tanta gente agotada por el hambre, por la violencia y la injusticia, no podemos permanecer como espectadores. ¡Ignorar el sufrimiento del hombre, ¿qué cosa significa? ¡Significa ignorar a Dios! Si yo no me acerco a aquel hombre, a aquella mujer, a aquel niño, a aquel anciano o aquella anciana que sufre, no me acerco a Dios.

Pero, vayamos al centro de la parábola: el samaritano, es decir, aquel despreciado, aquel sobre quien nadie habría apostado nada, y que de todos modos también él tenía sus deberes y sus cosas por hacer, cuando vio al hombre herido, no pasó de largo como los otros dos, que estaban relacionados con el Templo, sino «lo vio y se conmovió» (v.33). Así dice el Evangelio: «Tuvo compasión», es decir, ¡el corazón, las vísceras, se han conmovido! Esta ahí la diferencia. Los otros dos «vieron», pero sus corazones permanecieron cerrados, fríos. En cambio, el corazón del samaritano era sintonizado con el corazón de Dios. De hecho, la «compasión» es una característica esencial de la misericordia de Dios. Dios tiene compasión de nosotros. ¿Qué cosa quiere decir? Sufre con nosotros, nuestros sufrimientos Él lo siente. Compasión: «compartir con». El verbo indica que las vísceras se mueven y tiemblan a la vista del mal del hombre. Y en los gestos y en las acciones del buen samaritano reconocemos el actuar misericordioso de Dios en toda la historia de la salvación. Es la misma compasión con la cual el Señor viene a encontrar a cada uno de nosotros: Él no nos ignora, conoce nuestros dolores, sabe cuánta necesidad tenemos de ayuda y consolación. Esta cerca y no nos abandona jamás. Pero podemos, cada uno de nosotros, hacernos la pregunta y responder en el corazón: «¿Yo lo creo? ¿Yo creo que el Señor tiene compasión de mí, así como soy, pecador, con tantos problemas y tantas cosas?». Pensar en esto y la respuesta es: «¡Sí!». Pero, cada uno debe mirar en el corazón si tiene la fe en esta compasión de Dios, de Dios bueno que se acerca, nos cura, nos acaricia. Y si nosotros lo rechazamos, Él espera: ¡es paciente! Siempre junto a nosotros.

El samaritano se comporta con verdadera misericordia: venda las heridas de aquel hombre, lo lleva a un albergue, lo cuida personalmente, provee a su asistencia. Todo esto nos enseña quela compasión, el amor, no es un sentimiento vago, sino significa cuidar al otro hasta pagar personalmente. Significa comprometerse cumpliendo todos los pasos necesarios para «acercarse» al otro hasta identificarse con él: «amaras a tu prójimo como a ti mismo». Este es el mandamiento del Señor.

Concluida la parábola, Jesús devuelve la pregunta al doctor de la Ley y le pide: «¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?» (v. 36). La respuesta es finalmente inequivocable: «El que tuvo compasión de él» (v. 37). Al inicio de la parábola para el sacerdote y el levita el prójimo era el moribundo; al final el prójimo es el samaritano que se ha hecho cercano. Jesús cambia la prospectiva: no clasificar a los demás para ver quién es el prójimo y quién no lo es. Tú puedes hacerte prójimo de quien se encuentra en la necesidad, y lo serás si en tu corazón tienes compasión, es decir, tienes esa capacidad de sufrir con el otro.

¡Esta parábola es un estupendo regalo para todos nosotros, y también un compromiso! A cada uno de nosotros Jesús repite lo que le dijo al doctor de la Ley: «Ve, y procede tú de la misma manera» (v. 37). Estamos todos llamados a recorrer el mismo camino del buen samaritano, que es la figura de Cristo: Jesús se inclinó hacia nosotros, se ha hecho nuestro siervo, y así nos ha salvado, para que también nosotros podamos amarnos como Él nos ha amado, del mismo modo. ¡Gracias!

 

“Pueblo filipino es maravilloso, por su fuerte y alegre fe”, dice Papa Francisco

VATICANO, 25 Ene. 15 / 11:10 am (ACI/EWTN Noticias).- El Papa Francisco realizó un saludo especial a la comunidad de filipinos en Roma este domingo después de rezar el Ángelus desde la Plaza de San Pedro. Este lunes el Pontífice finalizó su segundo viaje a Asia, en el que vistió Sri Lanka y Filipinas.

En la Plaza de San Pedro se congregaron miles de filipinos que agitaron las banderas de su país cuando el Pontífice les dirigió el saludo.

“El pueblo filipino es maravilloso, por su fuerte y alegre fe. El Señor os sostenga siempre también a vosotros que vivid lejos de la patria. ¡Muchas gracias por su testimonio! Y muchas gracias por todo el bien que hacen por nosotros, porque ustedes siembran la fe entre nosotros, ustedes dan un bello testimonio de fe. ¡Muchas gracias!”.

A la Misa de clausura de su visita, en Manila, hace justo una semana, participaron entre seis y siete millones de personas, batiendo el récord de asistencia a una celebración religiosa e incluso de los distintos Papas.

Por otro lado, el Papa recordó que se celebra la Jornada Mundial de los enfermos de lepra y expresó su cercanía a todos los que sufren y a aquellos que se ocupan de ellos.

Al final, junto a Francisco aparecieron dos jóvenes de la Acción Católica de Roma que han celebrado estos días la tradicional “Caravana de la Paz”.

“Les agradezco y les animo a proseguir con alegría el camino cristiano, llevando a todos la paz de Jesús”, dijo para dar paso a una suelta de globos de diferentes colores que se perdieron en el cielo de Roma.

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